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ENSEÑANZAS
:
Alegrándonos
por el mérito
Lama
Guendun Rinpoche
La
manera más eficaz de acumular mérito es alegrarnos
del bien realizado por los demás. Pensamos en todas las
acciones positivas cometidas por los Budas, los bodisatvas, por
monjes y monjas, hombres y mujeres, por todos, por todo lo que
se ha hecho a favor de la Iluminación, y nos alegramos
por ello. Nos asociamos con ello si mentalmente nos regocijamos
por tales acciones genuinas de forma que participamos completamente
de las mismas, obteniendo por este motivo tanto mérito
como ellos. Ésta es la forma suprema de acumular mérito.
Alegrarnos de las virtudes de los demás, regocijarnos por
su práctica y por sus acciones positivas es la mejor manera
de acumular mérito. A menudo, nos invaden los celos porque
alguien practica mejor que nosotros, porque dedica más
tiempo, porque parece entender el Dharma más fácilmente
que nosotros, etc... Este tipo de pensamientos provocados por
los celos nos hacen sentir incómodos y son sumamente negativos.
De la misma manera que alegrándonos por las acciones positivas
de otros nos asocia con ellos y nos conduce a la Iluminación,
el abrigar resentimiento, celos y enfado al percatamos de las
acciones positivas de los demás, nos separa de la Iluminación.
Este tipo de emociones son obstáculos potenciales para
nuestro progreso hacia la Iluminación porque, un día,
madurarán nuestra práctica se verá interferida.
En la vida cotidiana, nos hallamos en esta situación muy
a menudo. Vemos a los demás practicando y esto nos irrita.
Nos sentimos celosos, como cuando tenemos envidia del éxito
ajeno. Nos irritan las personas demasiado inteligentes y que lo
entienden todo, mientras que nosotros no entendemos nada; alguien
que haya dicho algo fuera de lugar; alguien que hace las cosas
de una determinada manera cuando cualquiera sabe que se han de
hacer de otra; y así sucesivamente. Todas las malas intenciones
que desarrollamos se convierten en obstáculos para nuestra
práctica.
En lugar de fijarnos tanto en lo exterior y decir: "No hizo
bien; no debería haber dicho eso", sería mejor
que nos examináramos interiormente y nos dijésemos:
Si esto causa me una impresión desagradable, es señal
de que hay algo que no va bien en mí. Si las palabras de
esa persona me irritan, es porque, de algún modo, mi orgullo
se siente herido. Significa que mi orgullo eso que me hace
decir: Debes hacerlo así y no así
se ha visto ofendido; o quiere decir que se me han despertado
los celos.
¿Qué podemos hacer? Tenemos que centrar la atención
en nosotros mismos y decirnos: Tengo celos y he de librarme
de ellos. También debo abandonar las ideas fijas, y los
fuertes apegos. De esta manera, trabajamos sobre nuestros
propios defectos y, al final, lo que ocurra en el exterior deja
de tener mucha importancia.
Si no actuamos de esta manera, seremos incapaces de reducir nuestros
defectos, de dominar nuestras emociones, y la situación
de inmediato se vuelve intolerable. ¿Qué ocurre
si no trabajamos interiormente? Las emociones continuarán
aumentando cada vez más, los celos en particular. A medida
que las emociones crecen en nuestro interior, vamos adquiriendo
más destreza para percibir las faltas de los demás
en el exterior y empezamos a vernos sumidos en un estado de dolor
constante. Nos hiere todo lo que los demás dicen o hacen,
vemos negatividad por todas partes, lo criticamos todo, y antes
o después esto se manifiesta y empezamos a expresarlo en
palabras, nos vemos compelidos a actuar y nos comportamos agresivamente
con los demás. Finalmente, damos el último paso
y activamente les causamos un gran sufrimiento. Obviamente, nos
devolverán agresión con agresión y entraremos
en un reino infernal de odio y tormento interminables.
El problema es que tenemos unos ojos que por naturaleza miran
hacia el exterior y por esto vemos las faltas de los demás.
Pero esos mismos ojos son incapaces de mirar hacia dentro y ver
lo que está sucediendo en nuestro interior. Tenemos una
tendencia natural a mirar hacia fuera y criticar, juzgar y evaluar
lo que vemos en el exterior. Hay un proverbio tibetano que dice:
Es fácil de ver la mosca en la nariz de la otra persona,
pero ignoramos el caballo en la nuestra.
Podemos contrarrestar esta incapacidad de nuestros ojos físicos
para mirar hacia nuestro interior desarrollando el ojo de la sabiduría.
Contrariamente a nuestra visión normal que mira hacia el
exterior, el ojo de la sabiduría mira hacia dentro y puede
ser usado para la introspección. Cuando empezamos a mirar
hacia dentro, comprendemos que no somos tan inteligentes como
pensábamos y la confianza en nosotros mismos resulta conmocionada.
Nos vemos como somos, nuestro orgullo y presunción disminuyen,
las emociones relacionadas con el orgullo también decrecen
y experimentamos una mejora general. Esto necesariamente conduce
a mejorar las relaciones con los demás ya que proyectaremos
nuestras propias ideas sobre ellos en menor medida y las pequeñas
faltas que veíamos en ellos dejan de preocuparnos. Experimentamos
una definida mejora en nosotros mismos y en nuestra relación
los demás.
Sin este examen interior que nos permite ver nuestras propias
faltas, nunca podremos corregirlas. Si nuestra cara estuviera
sucia, nunca nos daríamos cuenta. Todos los demás
verían que tenemos una gran marca en la frente, pero nosotros
no podríamos verla a menos que nos miráramos en
un espejo cuyo reflejo nos mostrara nuestra cara sucia. Esta mirada
interna hacia nosotros mismos para ver lo que somos realmente,
nos permite comprender que nuestra cara está sucia y limpiarla,
convirtiendo una falta en una cualidad.
Por eso, cuando empezamos a practicar realmente el Dharma, hemos
de experimentar un importante cambio de perspectiva que implique
cuestionarnos a nosotros mismos. Sin esta condición, es
imposible cambiar: todo parece ir bien no nos miramos a
nosotros mismos, estamos bien, no hay ningún problema
y de esta manera no hay nada que cambiar. Entonces, un día,
surge una duda: Puede que haya algo que hacer". Escuchamos
el consejo del Dharma y empezamos a observarnos más detenidamente
y en este proceso, descubrimos muchas cosas desagradables. Ésta
es, necesariamente, una experiencia perturbadora. Surge un tiempo
en nuestra práctica en el que no nos sentimos bien: cuando
comprendemos lo que realmente somos. Éste es el momento
en que nos miramos al espejo y descubrimos la suciedad de nuestra
cara. Es parte del camino. El reconocimiento de lo que realmente
parecemos; es un momento de honestidad y gran valor. Sólo
a partir de ahí, podremos verdaderamente trabajar sobre
nosotros mismos.
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